La Sra. Klein, ¿quién tiene la culpa?

Por Itai Cruz/ Desde que el espectador entra a la sala verá un espacio sencillo, más bien un lugar de trabajo, compuesto por pequeños elementos, que resultan ser el consultorio de Melanie Klein, una de las principales y polémicas psicoanalistas del siglo XX.

Nos encontramos en Londres en 1934, donde un acontecimiento trágico -la muerte de Hans, su hijo- obliga a la doctora Klein a dejar su casa y partir a Budapest para acudir al entierro. Antes de esto, le pide a su colega, la doctora Paula Heimann, que realize para ella algunas tareas. Sin embargo, a mitad de la noche, Melitta Schmideberg, -hija de Klein- irrumpe en la casa  con el fin de buscar una carta que le escribió y en la que revela la verdadera razón de la muerte de su hermano. Al encontrarla, pues estaba escondida bajo llave, siente un gran alivio, pero en ese instante su madre regresa y se desencadena la trama.

La señora Klein, obra del británico Nicholas Wright, desmenuza la relación de estas tres mujeres: madre, hija y colega o discípula; en una noche que se convierte en un campo de batalla que resume el vínculo entre ellas. Una obra de gran intensidad que permite al espectador asomarse en la humanidad de estas vehementes personalidades.

Estos tres personajes inundan todo el espacio escénico con sus palabras y gestos, Emoé de la Parra, interpreta de maravilla a la señora Klein y desde el comienzo de la obra nos muestra las obsesiones del personaje, a través de su voz, sus movimientos y palabras. Alejandra Maldonado (Paula Heinmann) y Paola Izquierdo (Melitta Schmideberg) completan este trío y sus acertadas actuaciones en conjunto consiguen darle el equilibrio y el balance necesario, al transmitir los sentimientos más desgarradores y contradictorios de sus personajes, dejando sin respiro a la audiencia, pero con una gran dosis de humor negro que amortigua los golpes.

El personaje de Melanie siempre fiel a sus convicciones, sólo al final de su vida es invadido por la duda sobre cómo murió su hijo y ella la encara analizando sus emociones en torno de la idea de la reparación. Y lo demuestra con fortaleza, inteligencia y coraje, por eso no le interesa mostrar quién tiene la culpa, sino cómo se afronta un hecho tan doloroso. Melanie tiene respuesta para cada interpelación de su hija, desvía el camino de la discusión, expone sus razones y mantiene al espectador en vilo. La intención es que el público se sienta jurado en una especie de juicio público.

El texto de la obra además revela acontecimientos de la vida de estas tres importantes mujeres que dejaron su huella en el campo del psicoanálisis. Mujeres que tuvieron que enfrentarse a sus pares, a sí mismas, a sus propios miedos y fantasmas. Una puesta en escena donde cada espectador deberá dar su propio “diagnóstico”.

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