A mi madre en vida [Palabras de Emoé de la Parra]

A mi madre en vida... Emoé de la Parra a Yolanda Vargas Dulché

A mi madre en vida… Emoé de la Parra a Yolanda Vargas Dulché

Publicado en “Milenio” el 25 de febrero de 2013, el texto corresponde a la participación de Emoé de la Parra en la Mesa redonda titulada “Yolanda Vargas Dulché. Escritora del pueblo y madre de familia”, que tuvo lugar el 20 de febrero del 2013 en el Museo de Artes Populares.

A mi madre en vida: 

Así quiero empezar esta breve exposición, porque la escritora que nos ocupa y que de pura chiripa es mi madre, sigue viva: en nosotros —sus descendientes—, en la memoria de varios imaginarios populares, en sus personajes, en los artistas que les dieron vida en papel y pantallas de todos los formatos, y en una lágrima que ha tropezado con una carcajada enamorada. Bajo el sello de Yolanda Vargas Dulché, mi madre dio un nuevo salto a la palestra que nos acalambró a todos, a la mexicanísima voz de “a mí, mis timbres”, mejor emitida por la picardía de un negrito que por el servicio postal.

Su semblanza pública nos habla de una mujer absorta en la pintura, arrebatada por la música, preocupada por sus hijos, dominada por sus personajes, enamorada hasta las cachas, valiente hasta la temeridad. Pero yo voy a añadir un par de detalles prosaicos que también le fueron propios. Así, por ejemplo, mi mamá poseyó cierta intuición médica, tan penetrante como irreverente, que la animó a recetar y curar, asumiendo una posición de vanguardia. Sin ambages afirmaba: “los médicos, como humanos que son, a veces se equivocan. Además, la enfermedad no está en sus libros sino bien alojada en el paciente. El padecimiento es personal, decía, así que dime: tú, ¿cómo te sientes?” Y con esa frase aconsejaba sin más abandonar tratamientos, ya fuesen o no atinados, y a emprender en su lugar un viaje. Mandó a muchísima gente de viaje; gente que, por cierto, sigue con vida hasta el momento.

Fue también una amante de la mecánica, que la llevó a desarmar cuanto reloj se le cruzó en el camino, y que la preparó a comprar una computadora y manejar programas antes, mucho, antes que casi todos sus contemporáneos y que algunos de sus hijos —yo, entre ellos—. Al final de su vida reía a carcajadas con el perrito que aparecía negando con la cabeza cada vez que se hacía un click equivocado en el ratón de la computadora.

Ahora, con toda pompa y justicia, se ha abierto esta maravillosa exposición en torno a la huella luminosa de su obra y en esta primera charla que nos reúne en su memoria, quiero terminar mi intervención con una anécdota:

“Pelón”, me contaba que fue su apelativo durante la adolescencia y que estaba más que justificado. “Yo era fellita mijita, y me había pelado para ver si por lo menos mi pelo de zacate me salía chino, pues de atractivos andaba más que escasa; flaca y con los ojos pardos, ya había abandonado el intento de robar algún tono al mar multicolor de la mirada de mi hermana”.

Siempre se sintió poco agraciada; según ella, su único encanto fue el aire de elegancia que le regaló su figura esbelta y el detalle extraordinario de sus larguísimas pestañas. “Eran tan, pero tan largas, contaba orgullosísima, que las visitas se asombraban ante la facilidad con que maniobraba un lápiz sin tirarlo”.

En una ocasión en que mi abuela y su hermano se devanaban los sesos para encontrar un transporte adecuado y barato que los llevara a Estados Unidos, aquella niña flaca y desgarbada de las largas pestañas se ofreció a llevar a toda la familia cómodamente instalada en los columpios que pendían de sus párpados. Imaginación, audacia, inseguridad, ocurrencia, simpatía y finalmente, contra su misma opinión, una gracia extraordinaria para contar historias: eso fue mi madre. O más bien, sigue siéndolo, porque no me cabe duda de que sigue más que viva, y ello nos honra a los que la conocimos, nos prolonga la vida hacia el futuro y hacia el pasado a los que llevamos su sangre, a nivel personal me maravilla, inquieta a muchos que no acaban de dar con el secreto, tan a voces que casi es inaudible, de su talento, y nos provoca a seguir platicando entre nosotros mientras yo le enderezo una pregunta solapada: “Mami: ¿vas a estarte ya quieta?” “Who knows!”, me hará el favor de replicar el reverendo Jesse Jackson.

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Un Comentario

  1. Cecy M

    Admiro profundamente a Yolanda Vargas Dulche… en la historia literaria de nuestro país no encuentro otra autora tan prolífica y creativa como ella. Su narrativa me llevó a conocer, desde pequeña, los misterios de la conducta humana y a crear en mi mundo infantil una escala de valores, que conforme pasan los años… más se consolida. Dios bendice a Yolanda Vargas Dulche y a su descendencia con grandes talentos. Sus nietos… grandes músicos… usted: una artista en toda la extensión de la palabra. ¡Cuánto disfruto ver y volver a disfrutar su actuación en “Alondra”!

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