Requiem para uno mismo [Crítica]

Actriz Emoé de la Parra

Actriz Emoé de la Parra

Por Martín Casillas
Todos estamos condenados a morir y, no hay duda, nos lleva tiempo entenderlo pero, nos puede calar hasta los huesos si un día nos aseguran cuál es el límite de tiempo. Esto fue lo que le pasó a Hanoch Levin (1943-1999) el día que le avisaron que sólo le quedaban unos cuantos meses de vida y el dramaturgo israelita, en vez de darse golpes de pecho se puso a escribir Requiem una obra de teatro basada en tres cuentos de Chéjov, uno de ellos es En el barranco, donde narra la muerte accidental de un niño, después de que le vacían un caldero con agua hirviendo cuando, ‘resonó un grito como nunca se oyera’. Su Madre (Haydeé Boetto), enloquecida, envuelve el cadáver en una manta y sale corriendo sin saber qué hacer en esa ‘¡inmensa soledad del campo en la noche, sin poder cantar entre tanto canto, sin poder alegrarse entre tanto grito de alegría y, cuando miraba a la luna, sabía que ella también estaba sola, indiferente a la primavera o al invierno o si la gente estaba viva o muerta!’
Dirigida por Enrique Singer, la última función la dieron la semana pasada en el Teatro Julio Castillo a la que fuimos dispuestos a todo menos a encontrarnos, en medio de la miseria, buen humor —aunque sea negro—, entre las muertes que se van sucediendo. La obra merece cinco estrellas, así como el papel de Erando González como el Viejo, ese carpintero de una pequeña villa, dedicado a construir los ataúdes de madera como los que utilizan los judíos, y después de verlo descender del fondo del foro, lo vemos quejarse del debe y el haber, hasta que suVieja (Emoé de la Parra) se enferma y a él no se le ocurre más que contabilizar la vida con el debe o los gastos y su muerte con el haber o los ahorros.
Hay una carreta que lleva la pobreza, la superstición y la soledad de la gente de estas villas y el Carretero (Harif Ovalle), es como el Caronte que lleva a la gente por el río de la tragedia o de la muerte. Ahí conocemos a dos alegres prostitutas (una de ellas Alejandra Maldonado) que soñaban, ¡hágame usted el favor!, con París, como también transporta a los mujiks borrachos (Carlos Orozco y Américo del Río) que narran sus aventuras en los burdeles, como también lleva a los dos viejos en busca del Curandero (Arturo Reyes), embriagado —y sobreactuado—, que no resuelve nada, como bien lo sabía Chéjov: la vieja regresa y llega a su cabaña, cansada de ser una especie de esclava deseando la muerte: que la recibe primero como un sueño donde ve a sus padres que ríen mucho, todo el tiempo, como señal de vida, hasta pasar a la negra nada. Y así, creo que Levin digería su propia muerte componiendo su Requiem.
El Viejo que va arrastrando las pantuflas baja de esa plataforma y su figura gigantesca, va disminuyendo como la de Otelo después de la muerte de Desdémona, ahora sólo para quejarse de quién encenderá la estufa y quién le hará de comer.
No había hecho el ataúd del moribundo jefe de la policía que decidió irse a otro pueblo para ser enterrado sin que él pudiera contabilizar un ataúd en el haber. La carreta va y viene con ese carretero agobiado por la muerte de su hijo sin que alguien pueda escuchar su congoja, más que su caballo, en una escena genial.
‘La soledad del campo en la noche’, la soledad de la muerte, como la que vive el carpintero después de haber querido acariciar a su mujer aunque fuera una vez, como si de esa manera él mismo exigiera que alguien lo acariciara alguna vez.
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