Réquiem

Réquiem, Alegría Martínez, Emoé de la Parra

Réquiem, Alegría Martínez, Emoé de la Parra

Por Alegría Martínez.

Basada en narraciones de Anton Chéjov, esta pieza se adentra, como un poema de la muerte, en lo frágil de la vida y el hastío de la cotidianidad

Escrita por Hanoch Levin en 1999 antes de morir de cáncer en los huesos, Réquiem es una obra que muestra al ser humano inmerso en el vaivén imparable de una vida cotidiana que lo arrastra entre el desasosiego de pérdidas y ganancias monetarias; una búsqueda irrefrenable de placer, indiferencia ante el dolor ajeno que en algún momento le da la oportunidad de una toma de conciencia ante lo repentino de la muerte.

La obra se presentará, a partir del 17 de enero, en el teatro Julio Castillo del Centro Cultural del BosqueGanadora de los premios más importantes de la Academia de Israel a la mejor obra, dirección, elenco, vestuario e iluminación, cuando la dirigió su autor, el también poeta israelí nacido en 1943, Réquiem llega al teatro Julio Castillo con traducción de Moisés Zukerman y dirección de Enrique Singer, en un montaje que sobre un hermoso y poético ámbito escénico, emulsiona lo grotesco, el humor negro, el dolor y la pérdida de unos personajes que se cruzan en un abierto camino entre París y Shanghai.

Alejada de la acérrima crítica política y religiosa contra la hipocresía que este dramaturgo llevó a cabo en la mayoría de sus 56 textos — de los que dirigió 34, algunos censurados total o parcialmente—, Réquiem, basada en tres cuentos de Anton Chéjov, toma desprevenido al espectador que, en buena medida, se encuentra como los personajes, envuelto en su propio tren de vida, sin detenerse a pensar de dónde viene, dónde se encuentra en este momento ni hacia dónde se dirige.

Ante una senda en rampa que en uno de sus lados tiene una alta escalera de tijera desde la que observan dos ángeles de largas y estilizadas alas, y en el otro toca un pequeño grupo de violinistas con su atril al frente, el espectador observará el tránsito de un viejo matrimonio hacia el final de su vida, una carreta que va y viene con borrachos y prostitutas que esperan grandes sucesos, una joven madre con su bebé en agonía y un carretero en duelo, a quien nadie presta oídos.

Un sol encendido que se eleva y desciende, una inmensa luna y un gran árbol de ramaje seco que parece abrazar el sendero, son parte del nítido y melancólico paisaje conformado por el diseño de escenografía de Auda Caraza y Atenea Chávez, quienes junto con Patricia Gutiérrez Arriaga a cargo del diseño de iluminación y Mario Marín del Río como diseñador de vestuario, crean una vista memorable.

Con un buen elenco compuesto por Miguel Flores, Emoé de la Parra, Haydeé Boetto, Harif Ovalle, Georgina Tábora, Arturo Reyes, Américo del Río, Alejandra Maldonado, Rodolfo Nevarez y Carlos Orozco, a cuya interpretación se integra la de los músicos Oleg Gouk y Savarthasi Uribe, el director deja en terreno llano a los actores, de modo que sus personajes sólo puedan atenerse a sus antecedentes, su insatisfacción y su trayectoria, sin elementos de ornato a la mano —físicos ni dramáticos— que los protejan de su propio infierno.

Con música original compuesta por Antonio Fernández Ross, asistencia de dirección de Ximena Sánchez de la Cruz, producción general y ejecutiva de Moisés Zukerman, Aarón Margolis como productor asociado y Sonia Lora en la administración del proyecto, este montaje da a conocer en nuestro país una obra que en la actualidad se presenta en diversos escenarios del mundo, donde la voz de este perseguido autor resuena de distinto modo desde la cercanía con la muerte.

Réquiem transcurre sobre un terreno en el que elementos como la carreta o el caballo son compuestos, respectivamente, por unos maderos y una cabeza geométrica, y completados por el trabajo físico-corporal de los actores, quienes dan vida y movimiento al transporte y conforman el cuerpo del corcel, quien finalmente es el único ser vivo que continúa inmutable, como si su estar, su ir y venir lo dispusiera a escuchar y dar compañía al hombre.

El gesto de dolor e incomprensión infinitos de la madre con su bebé inerte en brazos, la amargura y el reconocimiento del viejo constructor de ataúdes que jamás percibió la vida y el apoyo de su esposa, el trajín insaciable de ebrios y prostitutas, la presencia de querubines dueños de ligereza en palabras y movimientos que le dan otro peso a la muerte, son parte esencial de este universo aciago en el que se ha emprendido desde la inconciencia, el camino sin horizonte.

Escrita por el mismo autor de Laprostituta de Ohio, que en México vimos bajo la dirección de Germán Castillo en el 2003, Réquiem es una obra de arte que plantea con urgencia la necesidad de la reflexión antes de la muerte, de detenernos antes de que la vida siga sin pausa, sin cauce, plena de arrepentimiento.

Desde la belleza de un panorama de ensoñación envuelto en música. Sin dramatismos, mediante narraciones en pasado, en presente y futuro en diálogos o en monólogos, Réquiem nos impulsa a pensar sobre lo que hemos dejado de hacer, de ver, de sentir, de pensar, de explorar, de examinar antes de que nuestra existencia sea algo irremediable.

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