Una sonata escénica con violines y actores [Réquiem]

Emoé de la Parra Réquiem

Emoé de la Parra Réquiem

“Una sonata escénica con violines y actores”

Perla Schwartz

El desierto como una metáfora de esa nada que carece de fronteras; aunado a un tiempo suspendido por donde deambula una serie de personajes desesperanzados, para quienes la soledad es un medio para arroparse de una residencia terrena un tanto inútil, un tanto resquebrajada, esa es la propuesta temática del dramaturgo israelí Hanoch Levin (1943- 1999) en Réquiem. Obra que escribe cuando se le diagnostica cáncer en los huesos.

Él parte de algunas historias chejovianas, entre las que se encuentran: El barranco, La tristeza y El violín de Rotschild, y como bien apunta en el programa de mano Enrique Singer, el director del montaje, Réquiem es “una sonata escénica con violines y actores.”

La puesta en escena está recorrida por una melancolía crepuscular; por tintes de desolación, con mínimos remansos de humor. No existe solución, estamos vivos por una temporada y ya, grita a cada momento el poderoso texto de Levin.

La estética visual es elemento central en la concepción escénica de Enrique Singer para penetrar en este universo mortecino, una sencilla escenografía diseñada por Auda Carraza y Atenea Chávez que consiste en una plataforma en desnivel, y un segundo nivel, que es usado un poco menos, es el marco para una obra que dura escasos pero intensos 75 minutos.

Personajes fantasmales deambulan, siendo el conductor de este aquelarre de almas perdidas un viejo carpintero (el magnífico Miguel Flores), él hace ataúdes, le importan mucho las ganancias económicas, por ello se ha olvidado de cuidar a su enferma mujer (Emoé de la Parra, quien da muestras de su talento).

Levin —de quien en 2003 vimos la puesta en escena de La puta de Ohio, dirigida por Germán Castillo, reelabora a Chéjov, desde la óptica de la destrucción de los valores humanos más elementales; aquellos como la ternura y la solidaridad hacia los otros.

Iremos viendo en escena a personajes un tanto esperpénticos, tales como el atribulado carretero que ha perdido a su hijo (Harif Ovalle), a una prostituta (Alejandra Maldonado, muy bien en tono de farsa) que se regodea en el placer de la piel; a un curandero beodo y cascarrabias (Arturo Reyes), a los sabios querubines (Georgina Tábora y
Rodolfo Nevárez).

Así como dos pícaros borrachos (Carlos Orozco y Américo del Río), que a través de sus discursos, dan breves pausas a la intensidad de Réquiem.

Sin olvidarnos de la madre (Haydée Boeto), quien pierde a su bebé y desolada dice buscando una consolación a su gran dolor: “El mundo verdadero está al cerrar los ojos.”

Singer entrega un gran montaje al saber dosificar los solos de los violines con las acciones y palabras de sus personajes que deambulan en un desarraigo total.

Sabe transmitir la visión de Hanoch Levin sobre la temporalidad de una existencia, más inútil que enriquecedora, abriendo la posibilidad de que en la eternidad se compense el sinnúmero de carencias.

Réquiem, de Hanoch Levin, traducida y producida por Moisés Zukerman, reanuda temporada del 17 de enero al 10 de febrero del 2013, con funciones jueves y viernes a las 20 horas; sábados a las 19 y domingos a las 18 horas en el teatro Julio Castillo, del Centro Cultural del Bosque.

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