Representar el dolor [Réquiem]

Representar el dolor

Emoé de la Parra Réquiem Chejov

Emoé de la Parra Réquiem Chejov

Luz Emilia Aguilar Z.

¿Qué pena puede haber más grande que la muerte de un hijo? ¿O el deceso de la pareja con quien se han compartido los días y las noches durante más de 50 años? ¿Cómo enfrentar el dolor de haber ignorado, lastimado, haberles fallado a quienes nos amaron, de haber perdido irremediablemente la oportunidad de hacer algo grande, hermoso en el transcurso de toda una vida? ¿Cuántas personas llegan a su fin satisfechas de sus logros? Inspirado en la narrativa breve de Chéjov, Hanoch Levin, dramaturgo israelí de ascendencia polaca, construye una parábola sobre la miseria, el odio, la desolación, el tiempo, la muerte y el dolor humanos.

Levin, el hombre de teatro varias veces censurado por su crítica del poder y la doble moral, pone al centro de su obra Réquiem, escrita poco antes de su muerte en 1999, al viejo y la vieja, que en el cuento El violín de Rothschild, se llaman Yákov y Marfa. A diferencia de la narración originaria de Chéjov, El Viejo aquí no tiene un violín, pero sí vive de ensamblar ataúdes; hombre avaro, rudo y abusivo con su mujer, y azotado de cara a la muerte por la consciencia de que no supo amar, no fue justo, no gozó de la belleza y dejó ir inmensurables oportunidades de hacer fortuna.

Del cuento En el barranco, Hanoch Levin toma la historia del bebé asesinado por una mujer que vierte en su cuerpo inocente agua hirviendo, enfurecida por los celos y la envidia, y de Miseria recrea a Iona, el cochero que ha visto fallecer a su hijo y busca desesperadamente a quien contar su pena. Los personajes en Réquiem se encuentran en una carreta, en un camino: Unos van al curandero —un borracho incapaz de curar a nadie—, otros buscan placer, delirio y olvido, y otros el sustento. La muerte en esta obra es desgarradora, pero también aliciente. El rostro de La Vieja se ilumina al comprender que va a morir: es el fin de una vida dominada por el terror, el hambre y la humillación. Nadie entre esos personajes conoce la plenitud y la grandeza.

Réquiem avanza en la combinación de narrativa escénica y diálogos, en solución cronológica. Al tono serio, triste de ese rincón del tiempo y el espacio, mínima geografía poblada de monumental amargura, el dramaturgo opone el contrapunto jocoso y fársico de las prostitutas que sueltan sus confidencias y el simbolismo de los Querubines, compasivos emisarios de la muerte.

Bajo la dirección de Enrique Singer, las diseñadoras de escenografía, Auda Caraza y Atenea Chávez ocupan el espacio con una pasarela en forma de “H”. Al fondo y al frente despliegan dos caminos paralelos, el de atrás de mayor altura que el desplegado hacia el proscenio, y al centro un puente que los une. Esa disposición limpia, sencilla, donde vemos unos cuantos troncos hacia un arriba interminable, testigos desolados de existencias infinitamente solitarias, permite el juego con múltiples planos. El tratamiento exquisito del vestuario de Mario Marín del Río, en representación de una pulcra miseria y en juego con el espacio y la luz —por la que llevan crédito las escenógrafas Caraza y Chávez, además de Patricia Gutiérrez Arriaga—, no imitan la realidad, la evocan con lúdica distancia. La noche aparece con media luna de papel que se coloca al fondo y el día con un sol amarillo y rutilante que baja del telar.

En esta “sonata escénica con violines y actores”, como la ha llamado el director Enrique Singer, la música es protagónica, con la interpretación en vivo de Oleg Gouk y Savarsthasi Uribe, de la partitura original de Antonio Fernández Ros.

Como El Viejo, Miguel Flores marca distancia con el dolor. Sus movimientos, entonaciones son estilizados, armónicos y desprovistos de nervio, de vida. Emoé de la Parra, aborda con gracia y medida ternura el papel de La Vieja. El desempeño de Carlos Orozco, Américo del Río y Alejandra Maldonado, como Borrachos y Prostituta, es vivaz e imaginativo, así como es cuidado el trabajo de Georgina Tábora y Rodolfo Nevárez como los Querubines. Haydeé Boetto brilla como la madre del bebé asesinado. En el rol del Carretero, Harif Ovalle transmite un dolor calculado. Como el Curandero, es gracioso y convincente el trabajo de Arturo Reyes.

Réquiem, de Hanoch Levin, traducida por Moisés Zukerman y dirigida por Enrique Singer, es hermosa y fría. Resuelta con oficio y con ingenio, invita a pensar en el tiempo, la muerte y el dolor. La temporada en el Teatro Julio Castillo reanudará del 17 de enero al 10 de febrero de 2013.

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